EL
DIAGRAMA DE LA FILIACIÓN.
Desde hace años, sigo
con atención el desarrollo del trabajo de Eliana
Simonetti. en 1996, a propósito de su exposición
Rituales Paralelos (Galería Jorge Carroza)
sostuve la hipótesis de una pintura táctil
que se sostenía por el doble movimiento de
la informalización de lo informe y la informalización
de formas elementales. En ese momento, advertía
que en su proceso hacia la figuración había
tomado el camino de una irresolución razonada,
que manifestaba su deseo de figuración en el
mismo momento que escamoteaba su acceso a ella.
En estos años, dicho proceso ha continuado
por la vía de una pulcritud que la ha mantenido
concentrada, llevando a cabo un proyecto-el mas complejo
y arriesgado que ha emprendido hasta ahora- quela
involucra formal y biográficamente, poniendo
en juego lo que ha conquistado. Esta actitud la ha
conducido a realizar, tanto una revisión de
obra como una revisión de vida. Sin embargo,
esta última se ha hecho con el rigor que significa
tomar una distancia de la biografía, considerándola
en su doble tensión, afectiva y metodológica.
El proyecto que lleva a cabo ha sido rigurosamente
concebido, en función de la acogida arquitectónica
de la galería, tanto en la relación
adentro/afuera como arriba/abajo.
En efecto, en el adentro ha localizado las obras formalmente
convencionales, separadas-a su vez-de acuerdo a la
distribución clasificatoria del primer piso
y del subterráneo. En este sentido, ha puesto
en obra un pequeño ensayo de poética
espacial, en que aquello que está en el subsuelo
sostiene los fundamentos de la obra. esta sería
una interpretación ascendente, que habilita
pensar que lo que aparece expuesto en el subsuelo
es lo que posee un valor concluyente, que no haría
mas que ratificar el rol que jugaban en Rituales Paralelos,
los modelos ideológicos del Santo Sudario y
el paño de la Verónica, como ficciones
de la figuración crística. En este caso,
a la supuesta verdad de la obra, se accede descendiendo
a su condición sepulcral. Este es el gesto
necesario destinado a sacralizar el espacio de la
galería, que es por definición un espacio
secularizado.
Entonces, tenemos el primer piso destinado a acoger
pinturas que pueden caber bajo el título de
“Mundo Orgánico”. En verdad, esta
sala resulta ser, la introducción de un libro,
más bien, de una caja-sala-libro. Aquí
están esbozados todos los capítulos
restantes, hilvanados por la figura recurrente del
nido y la distribución gráfica arborescente.
Esta última, es fundamental para comprender
el afuera de la galería, o sea, la portada
del “libro”, que coincide, efectivamente,
con la portada del catálogo.
Es aquí donde efectivamente el mundo del adentro/afuera,
arriba/abajo adquiere su coherencia mayor; puesto
que la obra mural que caracteriza el afuera, realizada”por
otros” a petición de la artista, es la
parte visible de un dispositivo que en el subsuelo
del adentro expone los motivos “íntimos”
de la petición. Ello explica la presencia de
dos íconos promotores de las ensoñaciones
plásticas de Eliana Simonetti: la espiral y
el triángulo, a los que hay que agregar otro
elemento, no ya icónico, sino gráfico:
el inventario.
En el fondo, en sentido estricto, este señala
el “partido general” del proyecto: un
inventario de obra, al mismo tiempo que se revela
como un inventario de afecto.
En este último inventario, lo que ha habido
es un período de tres años de peregrinación
gráfica. Esta es, a mi juicio, el punto de
partida de este proyecto, y es en este punto, que
el entronque de la biografía con aspectos formales
de su trabajo se hace más visible. Es de sentido
común literario remitir la cuestión
del árbol a los estudios que hace Jung de los
arquetipos.
Mucho más eficaces para nuestro propósito
son los estudios de Gilbert Durand, reunidos en las
estructuras antropológicas del imaginario.
A su entender, entre otras cosas, el árbol
es un arquetipo que por su verticalidad refuerza el
optimismo cíclico, orientando de manera irreversible
el devenir humano. Dicho verticalismo se asocia a
imágenes ascendentes a las que Bachelard les
consagra un importante capítulo en e”El
aire y los Sueños”. Pero lo importante
para nosotros es recalcar que el árbol satisface
la isomorfía de símbolos agro-lunares.
En este aspecto está cargado de asociaciones
simbólicas de tipo ofidio. Es así como
el árbol se encuentra asociado a las aguas
fertilizantes; es árbol de vida que en las
leyendas semíticas se le sitúa en el
mar o cerca de una fuente.
Para algunos estudiosos como Przyluski, frecuentemente
citado por Durand, ha habido una evolución
por motivos tecnológicos, de los cultos del
árbol a los cultos de los granos pasando por
los cultos de la flor. Esta evolución habría
tenido lugar luego del pasaje de las grandes culturas
cazadoras hacia las culturas sedentarias y agrícolas,
lo que habría conducido a la transformación
del culto del árbol en un culto hacia las bebidas
fermentadas y a la levadura, sobre todo en las civilizaciones
del trigo y del maíz.
De todos modos, todas estas transformaciones culturales
son deudoras del arquetipo del árbol.
Finalmente, los simbolismos ligados a las maderas
no solo son deudores de las tecnologías primitivas
de construcción que transforman el árbol
en columna, sino que metamorfoseando la madera en
mechero, el árbol en cruz, transforma estos
simbolismos en ritos creadores del fuego. Y en la
medida que sirve a producir el fuego, el árbol
el árbol ha sido anexado al gran tema del frotamiento
rítmico. Ahora bien; ya sea como columna ya
sea como fuego, el árbol tiene tendencia a
sublimar, a verticalizar su mensaje simbólico,
acentuando los valores me-siánicos y resurreccionales.
El arquetipo del árbol, conservando los atributos
de la ciclicidad vegetal y de la ritmología
lunar y técnica, conduce el simbolismo del
progreso en el tiempo gracias a las imágenes
de la flor, de la cima, de ese Hijo que es el fuego
por excelencia. Es por estos motivos que que en la
imaginación, todo árbol es irrevocablemente
genealógico, indicativo de un sentido único
del tiempo y de la historia.
Ha sido necesaria esta referencia al arquetipo del
árbol, justamente para inscribir el alcance
arcaico del gesto de Eliana Simonetti, al realizar
el acto de pedir un dibujo de árbol a una lista
de personas determinada por ella.
Un dibujo de árbol es un diagrama de filiaciones.
Es incorrecto aceptar la versión que la propia
Eliana Simonetti proporciona sobre su agotadora actividad,
en el sentido de querer acercar a la gente a la obra
de arte. Finalmente ella los convoca y los pone en
escena allí donde ninguno de ellos pidió
estar, pero a lo cual, accedió. Aún
así, bajo esas bondadosas condiciones, ese
no es el problema. Lo que realiza, en verdad, es adquirir
para sí una prueba de su existencia artística,
en un contexto productivo de extrema pulcritud informalista,
donde la figuración aparecía –casi-como
una falta. ¿Qué mejor que endosar la
responsabilidad de un ícono a “otro”,
que inscriba su deseo tantas veces fuera posible?
¿Cuál deseo? El deseo de figurar lo
infigurable: la imagen del Hijo. Por esta razón,
esta exposición no podría haber sido
en otro lugar que en esta galería. La condición
de acogida arquitectónica era fundamental:
el subsuelo, como santo sepulcro de la imagen, repetida,
reproducida, diseminada, en sentido evangélico.
Si de lo que se trata, después de Pentecostés,
es de diseminar la Palabra, Eliana Simonetti no puede
desconocer el hecho de que lo que aquí se trata,
es de diseminar la Imagen de lo in-figurable, a través
de un isotipo, de un diagrama que reproduce el mapa
de una filiación.
Eso es lo que se está jugando aquí,
tanto en lo biográfico como en lo artístico.
No puedo más que saludar esta coherencia formal,
en la medida que a propósito de Rituales Paralelos,
que se ha convertido a estas alturas en una exposición,
paradigmática, señalé que sus
ensoñaciones matéricas reclamaban nuevas
expansiones que debían redoblar el sintagma
del Santo Sudario, mediante la construcción
de dispositivos cercanos a las artes de la sepultación.
Ahora bien: el fondo de la sala en el subsuelo, está
poblado de “personajes totémicos”,
de esculturas realizadas mediante combinación
de materiales provenientes de la industria de la construcción.
Esto puede parecer paradojal... No lo es. La mencionada
industria es citada como “origen”, a título
representativo; es decir, remite al sedentarismo del
que hablaba Durand cuando hacía referencia
la evolución del arquetipo del árbol.
Aquí no hay evolución, sino ruptura
de material, pero la forma es arbóreo dependiente,
para repetir de otra manera la determinación
constructiva del árbol en la edificación
de la casa.
Sin edificación no hay hogar; no hay, en definitiva
reproducción de una genealogía.
Volvemos, pues, irremediablemente a las ensoñaciones
materiales que trabajan a Eliana Simonetti desde sus
primeras obras. Pienso en sus trabajos de 1994 (El
Túnel en la Facultad de Arquitectura y Bellas
Artes de la Pontificia Universidad Católica),
donde la habilidad matérica apelaba a tiempos
de paciencia pictórica más sabia.
Esos tiempos han sido suficientemente ratificados
por la exposición de 1996. Esa presencia está,
visiblemente redistribuida, en el Mundo Orgánico
de la sala del primer piso.
El subsuelo ha sido destinado a acoger dos series:
“La Re-construcción del Paisaje”
y la serie “Blancos”.
En términos estrictos, la segunda viene a ser
apendicular. No es simétrica respecto de las
pretensiones de la primera, que define el carácter
de este “sepulcro”. Y no podía
ser de otro modo, puesto que esta serie reconstruye
la habilitación matérica de sus inicios
mediante la generalización de uso del “recuadro”.
Se trata de grandes telas construidas como patchwork,
en este caso, a partir de retazos de su propia obra.
Sin embargo, algunos de ellos aparecen convenientemente
en marcados, es decir, marcos en el interior del cuadro,
provocando una lucha por las jerarquizaciones del
enmarcado.
Esta lucha que posee un destino gráfico inevitable,
descansa sobre una práctica en la que no había
pensado, en un comienzo. Me refiero a los muros de
ciertas calles de Santiago, a los que se arriman algunas
“animitas” donde la tónica de la
gratitud por el favor concedido se concretiza mediante
una placa de bronce dispuesta una junto a la otra,
como retazos de una sentimentalidad religiosa que
sabe “templar”ciertos lugares de intercambio
del imaginario social.
En uno de los muros del subsuelo, Eliana Simonetti
menciona esta determinación mural, como un
anticipo de lo que revierte en la fachada de la galería.
Su serie”La Re-construcción del Paisaje” remite,
a una recomposición del paisaje de su memoria
gráfica, distendida, mediatizada, recargada,
acogida, por el mural en referencia. De alguna manera,
el mural de afuera, sanciona su gratitud hacia todos
los que le concedieron el favor de inscribir el diagrama
de sus reticulaciones filiales. Como ya lo he sugerido,
esta figura de petición/donación es
una manera de encubrir su propósito efectivo
y afectivo.
Lo que intenta restablecer es su propio diagrama de
filiaciones, en el arte y en la biografía,
como quien realiza una tarea pesada de reconocimiento.
Dicha tarea debe asumir, necesariamente, la forma
de una peregrinación.
Busca en el “otro” la pulsión del
nombre, poniendo en función un dispositivo
de registro de cada donante gráfico, es identificado
por su nombre, actividad y lugar, indicadores administrativos
de emplazamiento. Lo que importa es el lugar en que
ha sido posible la “firma” en cuestión,
ejerciendo el block de papel un rol de formulario
de inscripción. Esa es su lista de inscritos
para acceder a la vivienda en su proyecto y en el
arte.
Proyecto que tiene un nombre que he omitido hasta
ahora. Juego de omisiones temporales para suspender
este estudio preliminar mediante a una referencia
a otro juego; juego de palabras que habilita el título
como herramienta de inscripción: “Arbolario”,
producto de la condensación de Árbol
y Herbario; es decir, de objeto y de efecto de conocimiento.
Justo Pastor Mellado
Febrero, 1999