LOS OBJETOS REPARATORIOS
DE ELIANA SIMONETTI
Hace más de un año, Eliana Simonetti
me enseñó el tipo de trabajo que estaba
realizando. Recientemente, había tenido que
experimentar el dolor de la pérdida de su madre.
De inmediato pensé que "Arbolario",
su proyecto anterior en esta misma galería,
había estado dedicada. Su madre había
alcanzado un gran reconocimiento en el diseño
y producción de jardines.
El modelo de la producción de jardines se le
presentó a Eliana Simonetti como una excusa
para organizar su rito de despedida. No podía
preveer sin embargo, la regularidad del diagrama de
conexiones que descubriría entre la producción
de su madre y el modo cómo, desde su posición
de artista, organizaba su propia producción.
En otro texto, yo había puesto en relevancia
el carácter táctil de la pintura de
Eliana Simonetti, determinada por un efecto de superficie
que la situaba en la filiación de una cierta
tradición matérica, por no decir informalista.
Es efectivo que una primera etapa de su trabajo estuvo
asociada a la formalización de lo informe,
con una consecuente respuesta tensional de informalización
de formas elementales.
En una segunda etapa, desarrolló la informalización,
dotando a sus formas elementales de origen un atributo
emblemático de mayor consistencia. Desde un
trabajo inicialmente dominado por lo gestual, con
presencia evidente de efectos indiciales, pasó
-por decirlo de algún modo- a regular el gesto,
para asumir con mayor propiedad el efecto de algunos
mitos pictóricos básicos de gran carga
narrativa. Me refiero al rol que pasaron a jugar en
su trabajo dos modelos iconográficos arcaicos:
el santo sudario y el paño de la Verónica.
Estos modelos reclamaban la presencia de pliegues,
de señales de un drapeado fundamental que cubría
el cuerpo crístico, como origen de toda figuración.
Esta era, por cierto, una ficción de origen.
La paradoja es que en el proceso hacia la figuración,
Eliana Simonetti tomó el camino de lo que me
pareció una "irresolución razonada",
que manifiesta su deseo de figuración en el
mismo momento que escamoteaba el acceso a ella.
Me ha parecido necesario recordar esta situación
anterior de su trabajo, porque en esta exposición,
un razonamiento análogo la conduce a excederse
en el deseo de figuración, para condensar su
acceso a una objetualidad que la reconecta con "Arbolario
I", en la que, paradojalmente se afirma para
asumirse como "pintora-recolectora". Recordemos
que en "Arbolario I", Eliana Simonetti pide
a una lista determinada de sujetos, que le realice
un dibujo de árbol. Esa obra se organiza en
torno a un don regulado, que cumple con una cierta
formalidad. En cambio, la obra actual se monta solo
desde la pulsión recolectora y compositiva
de la propia artista. Entre ambos gestos tecnológicos
y culturales -pedir un dibujo y recolectar objetos-
tiene lugar una escena traumática: la pérdida
de la madre. Este trabajo se hace efectivo a partir
del duelo, pero algo más: como un "trabajo".
De este modo, se distancia de toda actividad "catártica”,
transformando la melancolía en un "culto
biográfico", a partir del cual se me sugieren
varias pistas. Una de ellas consiste en pensar que
Eliana Simonetti construye hasta el cansancio, una
gran cantidad de animitas. Pero la decisión
que sostiene resulta decisiva, en cuanto a jugar peligrosamente
con la ficción de otro duelo, el de la pintura,
si a ello se le puede llamar, la pérdida de
la pintura, como (otra) madre. Recuerdo que hace años
concebí una ficción que no sería
del todo aceptada. Más bien, provocaría
malestar. Esta consistía en imaginar que algunos
artistas habían asesinado a la pintura chilena,
por considerarla "mala madre". Pero luego,
para conjurar la culpa de haberle dado muerte, le
habrían levantado una animita. Esa habría
sido la invención de la “instalación”,
en Chile. Siguiendo la rigurosidad radical del chiste,
lo que debe ser rescatado es el carácter reparatorio
y sustitutivo de la recolección de objetos.
En términos específicos, el secreto
del trabajo de Eliana Simonetti reside en la organización
del "cansancio" que la lleva a recolectar,
no cualquier tipo de objeto, sino objetos particularmente
determinados, en su elección, por una cercanía
morfológica a utensilios domésticos.
De este modo, los objetos denotan los más variados
orígenes industriales y artesanales. Pueden
provenir desde el universo de partes y piezas mecánicas,
hasta de partes de utensilios rurales, en los que
persiste este principio de reconocimiento que obliga
a reunirlos bajo ciertas condiciones de homogeneidad,
que les permita "ser-puestos-en-caja".
Pequeños jardines, como si fueran pequeñas
síntesis de "locus amoenus" portátiles.
Es decir, que les permita servir de vector de juego
en el acto repetitivo de" encajonar" un
objeto al que se le atribuyen rasgos de bondad, que
desplaza la imagen de la "madre muerta".
Se trata, por lo tanto, de operar con la ficción
de encajonar los objetos de la madre, construyendo
una figura sustitutiva del encajonamiento de la madre,
como objeto figurado. Operación cuyo dolor
solo puede ser mitigado por un trabajo en que el exceso
sea la (des)medida. Pero al mismo tiempo, está
caracterizado por la hiper-exposición del procedimiento,
que en el fondo, viene a ser la sobre exposición
de la subjetividad artística de Eliana Simonetti.
En virtud de lo anterior, es preciso hacer la relación
de paso, de lo informal, como lo establecí
en el comienzo del texto, a lo objetual. Esto pone
en movimiento otras tensiones; otros procedimientos,
otros efectos, otros resultados de representación
traumática. La pasión de la recolección
delata, también, el fantasma de la carestía.
En el fondo, Eliana Simonetti conjura el fantasma
de lo informe. Y es por eso que se plantea en ella
la ficción de duelo por la pintura perdida.
Pero de inmediato, el encajonamiento de los objetos
puede ser equivalente a un procedimiento de "coagulación"
icónica. De ahí, su proliferación.
Finalmente, hablemos de la disposición, en
sala, de estos objetos. Por un lado, la "Última
Cena" es decir, la línea de bastidores
de bordado, que encierran servilletas domésticas,
apuntan a introducir el montaje con un homenaje a
la comensalidad eucarística. En seguida, el
exceso de composiciones modulares convierte el muro
en una "necrópolis", en la que parece
no haber esperanza alguna de "resurrección"; para finalmente,
organizar un cierro de "esculturas" totémicas,
por el que intenta delimitar la fosilización
de unos restos, que vendría a ser lo que se
debía-hipotéticamente-demostrar, vinculando
la recolección a los avatares de los restos;
es decir, permite pensar que en el trabajo de arte"
el resto no es lo que sobra si no lo que falta; y
lo que falta es, precisamente, la facultad misma de
distinguir lo que sobra de lo que falta" (Ángel
González, "El resto: una historia invisible
del arte contemporáneo" Bilbao / Madrid-2000).
Justo Pastor Mellado
Julio 2003